sábado, agosto 24, 2013

Déjate capturar: Capítulo 9

¡Buenas!

Aquí estoy de nuevo, con un nuevo capi y algunas noticias. 

La buena es que ya he empezado el capi 10 y que me gustaría tenerlo, como muy tarde, para la primera semana de septiembre. La mala es que esa semana empiezo los exámenes y voy a tener que volcarme en estudiar estos días, así que no puedo prometer nada. Pero haré lo que pueda.

Me siento muy halagada por los bonitos comentarios que me dais sobre la historia, yo más que nadie me alegro de que os guste. Siempre anima a continuar saber que a la gente le gusta lo que haces. 

Muchas gracias por seguir conmigo y no desilusionaros porque a veces tarde mucho en publicar. Por desgracia la universidad coge mucho de mi tiempo libre, estoy segura de que me entendéis, ;).

Y ahora el capi. 

¡Muchos besos!





Capítulo 9

Lyall rodeó con pequeños pasos la mesa hasta quedar justo en frente de la fiera, que sin dejar de gruñir no les quitaba los ojos de encima. Maldijo en voz baja por haber sido tan idiota. «¿Cómo no lo había visto venir?» Un lobo acoplado podía transformarse fuera del influjo de la luna llena. «¿Pero un cambiaformas que no se había convertido nunca en su forma animal también podía hacerlo?» Lyall acababa de descubrirlo.

Se pasó la mano por el pelo. Su cabeza daba vueltas intentando buscar la forma de sacar a su pareja sin poner en peligro ni a él ni a su hermano.

Connor quería aproximarse a su amigo, sabía que estaba más asustado que cualquier otra cosa. Podía verlo. «¡Joder! ¡Él lo estaría si de repente se hubiera vuelto un peludo de cuatro patas!».

—No te acerques, Conny susurró.

Pero es Phel se lamentó Connor.

Está pasando por su primer cambio, hasta que su lobo y él se acostumbren a su mutua presencia, desconocemos cómo puede actuar. Es mejor quedarse fuera de su alcance.

Pero es Phel ―repitió―. Él nunca nos haría nada.

―Eso no lo sabemos ―respondió tajante Lyall.

Connor le rodeó con sus brazos y le abrazó, no quería tener miedo, pero nunca había visto a un lobo tan grande. Ni siquiera Lyall le había mostrado su forma animal para no asustarlo, a pesar de que Connor había insistido mucho. Lyall siempre decía que no era de tamaño normal y ahora podía asegurarlo. Una bombilla se encendió en su cabeza.

―¿Porqué no te transformas?

Lyall le miró sorprendido y negó con la cabeza.

―Me vería como una amenaza. Y entonces seguro que nos atacaría.

―¿Y qué hacemos?

―Lo único que se puede hacer en esta situación: esperar.

Connor resopló. «Estupendo».


La vista era desoladora. Su taller. Su amado taller hecho pedazos. Lope gimió. Ahora tendría que empezar de nuevo. Menos mal que tenía algunos ahorros y esperaba que algo quedase dentro del local que se pudiese salvar. Alguien tras él le rodeó con los brazos besando su nuca. Sintió la calidez y el apoyo de Conall, y se recargó en su pareja que no tuvo problemas para sostenerle, a pesar de los diez centímetros que los diferenciaban.

―Lo solucionaremos.

―Lo sé ―asintió Lope con decisión.

―Lo siento ―dijo una voz por detrás de ellos. Dee se abrazaba a sí misma, apretujando la camisa de Lope, varias tallas más grande que ella―. Sólo pensaba en mis cosas. No tenía ni idea de que tan mal se vería todo.

El hispano observó el desastroso escenario y vio la tristeza en los ojos de su compañera. Suspiró. Si bien era cierto que le molestaba tener que reconstruirlo todo de nuevo, odiaba más la idea de haber podido perder a dos de sus compañeros. Se acercó a la chica y la abrazó, colocando su mentón sobre el cabello castaño.

―¿Qué… porqué? ―preguntó entrecortadamente, sin abrazarle de vuelta ni dando muestras de querer apartarse.

―Tu aún no lo sabes, pero nosotros tenemos una conexión. Estoy seguro que ya la has sentido más de una vez.

Lope notó que Dee se relajaba y asentía. Le puso un dedo sobre la barbilla y levantó el rostro de la muchacha. Sus ojos dorados le miraron confundidos.

―Pronto todo tendrá sentido, pero ahora de nada sirve lamentarse, ¿de acuerdo? ―dijo sonriendo el hispano y besó la nariz de la chica.

Dee asintió sorprendida por la muestra de afecto. Se separaron y Lope se dirigió a paso rápido hacia los escombros de lo que antes era el taller, dónde Conall ya estaba trabajando.


Phelan estaba cagado de miedo. Sólo unos segundos antes había estado discutiendo con su hermano y ahora estaba lleno de pelo y sobre cuatro patas. Y toda su ropa estaba desgarrada y regada por el suelo. ¿Y por qué no podía dejar de gruñir? No entendía nada. Veía a los dos jóvenes delante de él y apenas podía reconocerlos. Recordaba las ocasiones en las que habían estado juntos y sus conversaciones, pero de alguna forma no era lo mismo. Sabía quiénes eran y que eran importantes para él, aunque no terminaba de encajar el porqué. ¿Cómo había llegado a esto? La mente humana de Phel se debatía sin saber qué hacer.

Su lobo, sin embargo, estaba exultante y quería ir a correr al bosque. Phelan no podía permitir eso… ¿verdad? ¡Era una locura salir cuando cualquiera podía verte! Y al mismo tiempo, ¡era tan tentador! Sólo dejarse llevar y permitir que su otra mitad tuviese el control. El animal aulló de gusto ante esa idea. Tras unos momentos de lucha interior, Phel se relajó acordando no oponer resistencia, decidió que podía hacer algo arriesgado por una vez. Y el lobo saltó por encima de las cabezas de sus asustados espectadores y salió de la casa atravesando el cristal de la ventana, que se rompió en cientos de pedazos.

Olfateó con el hocico en alto, el aire sabía a libertad. Se internó con rapidez en el bosque, sintiendo la tierra bajo sus garras. Cada pisada era un escalón más lejos de su pasado. Phelan sintió su corazón hinchado de orgullo. Si tan sólo su padre le viera ahora, estaba seguro que era incluso más grande que Lyall. Gruñó recordando su niñez. Ojala hubiera podido cambiar antes. No le habrían pasado la mitad de cosas que había tenido que sufrir. ¡A ver si Silvester se atrevía a meterse con él! Estaba deseando enseñarles a todos el tamaño de su lobo. Aulló en mitad de su carrera, triunfante, sintiéndose el ganador por vez primera.

Alargó la huida hasta que sus patas empezaron a doler y sus pulmones quemaban por el esfuerzo. Apuesto a que tendría agujetas después de esto. Desaceleró el paso, llegando al lago que había a unos quilómetros del pueblo de la manada, y se tumbó en la orilla inhalando los diferentes aromas del bosque. Las flores, los animales, incluso los insectos, cada uno era un mundo nuevo. Cerró los ojos sintiéndose calmado, dejando que desconocidos sonidos inundaran sus orejas por primera vez. Oyó arrullo el del agua y el canto de los pájaros, el rumiar de las ardillas y el batir de alas, el silbido del viento y… ¿el ronroneo de un motor?

Phelan alzó la cabeza, alerta de pronto. Aquel era un bosque inmenso y las tierras pertenecían a la manada. Quienquiera que estuviera allí, había entrado sin permiso y no había ido con buenas intenciones. Se incorporó con presteza decidido a indagar de dónde venía el ruido y porqué había alguien en aquel lugar. Trotó todo lo silenciosamente que pudo hasta entrar de nuevo dentro de la seguridad que le daba el forraje y los árboles, y después siguió a sus oídos.

No fue difícil encontrar al intruso, que sin intentar esconderse estaba sentado con una pierna a cada lado de la moto, una de esas ligeras y rápidas que se utilizaban para correr por tierra. El olor a gasolina y a rueda quemada anegaban la zona. Se agazapó entre dos arbustos para poder mirar mejor: un casco y unas gafas de sol le impedían ver el rostro, pero Phelan memorizó cada rasgo del medio de transporte y de su conductor. La motocicleta, cuya pintura blanca y roja no sería difícil de reconocer, permanecía encendida con la mano del extraño en el puño del acelerador, mientras asentía al móvil que sostenía con la otra.

No, no los he encontrado aún… Sí, lo sé, pero… Está bien… Dalo por hecho.

Terminó la comunicación soltando una maldición a la vez que guardaba el teléfono en uno de los bolsillos de la cazadora de cuero verde oscuro que llevaba. Después miró a su alrededor y con un movimiento de muñeca se fue entre una nube de polvo y tierra.

Phelan estuvo tentado a seguirle, su parte lobuna se moría por darle caza, pero en esta ocasión fue su parte humana la que llevó las de ganar. Sacudiéndose, salió de su escondrijo y observó al desconocido hasta que se perdió más allá de donde alcanzaba su vista. 

Sabía que debía avisar a la manada, así que puso en marcha sus patas y no dejó de correr hasta llegar a su destino. De repente, un dulce y afrodisiaco olor atrajo sus sentidos, y cambió de dirección. Las casas y cabañas de madera de veían borrosas mientras corría con la lengua fuera y el hocico dirigiendo su camino. El tufo a chamuscado le hizo reconocer dónde estaba y aulló de felicidad al ver a sus tres parejas mirándole entre asombrados e incrédulos.


Un escalofrío le recorrió la espalda y la hizo incorporarse de dónde estaba agachada apartando los restos destruidos del taller. Se dio la vuelta y comenzó a hiperventilar cuando se encontró de frente con el gigantesco lobo que la miraba como su fuese su próxima cena. Dee tragó saliva viendo de reojo como, igual que la última vez, la gente les rodeaba poco a poco expectantes de nuevos acontecimientos. Frunció el entrecejo. «¿Por qué le pasaban estas cosas a ella? Primero una explosión y ahora un lobo. El segundo en menos de un día y medio». Vio que trotaba hacia ella y dio un paso atrás.

Entonces el lobo paró, se sentó sobre sus cuartos traseros y ladeó la cabeza. Eso sí que nadie se lo esperaba. Varios aguantaron la respiración. Lope y Conall se acercaron lentamente a ella en actitud protectora, pero de alguna forma no parecía haber un peligro inminente. Dee inspiró y sin quitar la mirada de los ojos verdes del animal caminó hacía él. Los dos chicos intentaron impedirlo, pero se escabulló.

«¡Era una locura! ¡Se había vuelto loca! ¿Quién se acercaba a un animal salvaje que podía arrancarte la cabeza de un bocado? –Porque ese lobo tenía la boca lo suficiente grande para hacer eso y más–. Ella, por supuesto». Daba un paso cada vez, tanteando el terreno. Como el “bicho peludo ese” se moviera un centímetro, Dee pensaba correr los quinientos metros lisos y encerrarse en su habitación hasta que sus padres vinieran a por ella.

Estaba a menos de dos metros, cuando el lobo se tumbó y gimoteó, mirándola con ojos de corderito degollado. Y su miedo se esfumó. Dee fue hasta él, se arrodilló y con cuidado puso su mano sobre la cabeza del animal, que cerró los ojos y su pelo empezó a desaparecer.

Y tal como los Dioses lo trajeron al mundo, Phelan apareció y sonrió, en medio de un millar de gritos y maldiciones.

3 comentarios:

  1. me encantaría ver mas capítulos de esta historia .gracias

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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