jueves, agosto 30, 2012

Déjate capturar: Capítulo 3

¡Hola!

Por fin estoy aquí otra vez. He ido más lento en esta ocasión ya que la semana que viene tengo exámenes y hay que repartir el tiempo entre escribir y estudiar. Y probablemente el siguiente capítulo también se retrase un poco. Septiembre siempre llega cargado de responsabilidades cuando estás en la universidad. ;)

Pero ahora no pensemos en eso, ¡hay un nuevo capítulo! Espero que os guste tanto como los anteriores. 

Muchos besos.


Capítulo 3

Conall estaba cabreado. No, esa palabra no llegaba a definir lo enfadado e iracundo que se sentía. Quería pegarle un paliza a alguien, torturarle hasta que sangrase por cada orificio del cuerpo y después enterrarlo vivo. Bueno, tal vez no a alguien en general; a alguien muy concreto, o debería decir: a dos alguienes muy concretos. A su lado Lope gruñó un improperio y Conall no pudo estar más de acuerdo.

No alcanzaba a creer que se lo hubieran hecho de nuevo. Los echaron sin ni siquiera escucharles. No respetaban ni la figura de su madre, quién era la sanadora de la manada. Conall maldijo y dio una patada a una piedra que había osado ponerse en su camino. Odiaba Elwood por retenerle allí, odiaba a Silvester por ser tan chupapollas, odiaba a Lykos por odiarle a él sin razón aparente; pero sobretodo, odiaba a Marlowe, el alfa, por quedarse sentado en la sala común mirándoles con tristeza y sin hacer nada. Permitiendo que los lobos de Lykos los sacaran de allí como sucias bolsas de basura.

Aquella había sido la última vez. Conall iba a dejar bien claro quién era. Y si tenía que largarse de Elwood, se iría. Sabía que Lope y Lynn le seguirían allá donde decidiera llevarlos, no así de su madre. Ella insistía en querer quedarse. Las razones eran desconocidas por ahora. Pero si llegaba el momento, Conall se llevaría a su madre, quisiera ella o no.

De repente, Lope se dio media vuelta e hizo amago de correr hacia la casa común. Sin pensar, Conall se lanzó contra Lope y sujetando sus brazos, le inmovilizó. A pesar de que el hispano era sin duda más alto que su pareja, eso no impidió que éste lograse controlarlo. No obstante, Lope era un digno adversario y opuso resistencia, pero no toda la que cabría esperar. Lo que le dijo a Conall que muy dentro Lope sabía que no sería buena idea enfrentarse ellos solos a una manada completa.

—Suéltame —gruñó Lope.

—No, hasta que te tranquilices —replicó Conall—. Hacer una masacre no les hará cambiar de opinión.

Si los reflejos de Conall no fuesen tan rápidos, el hispano se habría escapado y con toda probabilidad habría hecho algo de lo que se hubiese arrepentido después. Pero no podía permitir eso. Lope era su mundo y no podía perderle. No sabía que haría sin él.

En muchas ocasiones pensaba en lo que habría sido de su vida si nunca se los hubiese encontrado en el bosque. Si nunca hubiese conocido a Lope o a Lynn. Ella era cómo un rayo de sol en un día de lluvia; era su querida hermana. Los tres habían formado piña desde que eran pequeños y los adultos de la manada se negaron a aceptar a los gemelos, a pesar de que su madre, Thamar, los había acogido bajo su ala. Por esa causa, Lope y Lynn eran considerados lobos solitarios y no les habían permitido ir a la escuela de la manada. Aún recordaba el momento en el que al enterarse, Conall se había levantado del salón de clases y se había reusado a volver hasta que los hermanos fuesen admitidos.

Había sido la última vez que pisó el parqué de la escuela.

Conall respiró, mientras notaba que Lope empezaba a recuperar el control. Dio un último apretón de advertencia y comenzó a aflojar su agarre.

—¿Cómo estás? ¿Crees que te comportarás si te suelto?

Lope asintió un par de veces y Conall le soltó. Sin embargo, permaneció atento a cualquier movimiento. El hispano sólo se frotó los antebrazos y sin apartar la vista de la casa común, cuyas puertas ya se habían cerrado, sonrió.

—Estás más fuerte, ¿has empezado a hacer pesas? —comentó burlón Lope girándose hacia su pareja.

Conall sonrió de vuelta, y acercándose a Lope le cogió del cuello de la camiseta y tiró hacia abajo, hasta que sus labios chocaron. Fue un beso rudo, áspero y rápido, pero fue suficiente para dejarles sin aliento.

—Nunca, ¿me oyes? Nunca te pongas en peligro estúpidamente. No lo valen —dijo Conall mirándole a los ojos.

Lope no habló, acarició las mejillas del otro lobo y le saboreó de nuevo. Conall le rodeó la cintura, metiendo las manos dentro de los pantalones de Lope y manoseando todo lo que encontró por el camino.

—Vámonos —dijo Lope y Conall le siguió.


Phelan dio un brinco. Su frente se llenó de sudor y un escalofrío le recorrió la espalda. No podía creerlo, su lobo le había hablado. ¡Se había manifestado! Todavía no podía creerlo. Tragó saliva. Y lo que era aún más extraño, había dicho “parejas”. En plural. Negó con la cabeza y se llevó una mano a la frente. A su lado, Connor frunció el entrecejo y le puso una mano en el hombro.

—¿Te ocurre algo?

—¿Qué? —preguntó Phelan desconcertado mirando a su alrededor. Y entonces asimiló la pregunta—. Eh, no. No pasa nada, sólo un leve dolor de cabeza.

Connor no pareció muy convencido, pero conociendo a su mejor amigo lo dejó pasar. Phelan era de los que hablaba cuando quería.

Phelan suspiró. No entendía nada. Nada en absoluto. Su mente seguía repitiendo la escena que se había desarrollado frente a sus ojos: Conall y Lope siendo expulsados de la residencia común, pasando por delante de la cabaña de Connor y su espíritu lobo conversando por primera vez para indicarle que ellos dos, ambos, eran sus parejas. Lo que carecía por completo de sentido, porque jamás había conocido a ninguna pareja de tres lobos. Phelan se frotó el ceño con dos dedos. Era demasiado para digerir.

—Tengo que irme —dijo de repente Phelan.

—¿Irte? ¿A dónde? —replicó Connor alucinado.

—No sé, necesito despejarme. Aclarar la mente. Pensar.

Phelan comenzó a bajar las escaleras, cuando le agarraron por el codo. Se giró y se encontró de bruces con el rostro serio de Connor.

—Sea lo que sea, estoy aquí.

—Lo sé.

Connor asintió y le dejó ir. Phelan no perdió el tiempo y corrió hacia su mustang. Iba a dar un largo, extenso paseo carretera arriba. Luego se pensaría si volver.

Por desgracia, cuando llegó al automóvil éste estaba rodeado por el grupo de Silvester. Phelan cerró los ojos y rezó a los dioses. ¿Por qué diablos no podían dejarlo en paz? Lanzó un bufido y se acercó a su coche, el cual, sorpresivamente, seguía intacto. La camarilla le observó sin moverse de su lugar. Dardos disparándose de sus iris. Intentó ignorarlos, pero tener cuatro pares de ojos clavados en su nuca no ayudaba.

Sacó las llaves de su bolsillo y entró. Puso en marcha el motor y se disponía a salir hacia la vía cuando escuchó:

—¡Más vale que no vuelvas!

Phelan no contestó.


No recordaba cuánto llevaba conduciendo, si horas o minutos. No importaba en realidad. Había llegado a la conclusión de que no iba a volver. No quería regresar. Iba a buscar respuestas, lógicamente. Él no era de los que se quedaban con dudas. Pero tenía muy claro que no quería formar parte de la manada. Hacía mucho que había desistido de ello.

Todos le habían hecho saber lo indeseable que era. Lo indigno de pertenecer al grupo sin que pudiese transformarse. Porque convertirse en su espíritu animal, en el mundo de los lobos era lo más importante. Tener un hocico, un lomo peludo y patas para correr significaba poder ser parte de los juegos durante la luna llena. Algo que nunca había tenido la oportunidad de vivir.

Mientras el resto de los niños sufrían su primer cambio alrededor de los ocho o nueve años y empezaban su andada en el mundo de las fieras, él se quedaba en la casa familiar observando cómo las familias danzaban juntas bajo las estrellas. En un inicio, los adultos del clan pensaron que se trataba de uno de esos casos que se retrasaba algunos años; pero cuando la mayoría de jóvenes de su edad empezaron a madurar y a encontrar sus parejas, y él continuaba sin sentir a su lobo, los problemas comenzaron.

No fue muy evidente al comienzo; eran pequeñas cosas cómo comentarios o gestos un poco malintencionados. Sin embargo, según fueron pasando los meses las muestras despectivas se multiplicaron hasta que llegó el día en que se negaron a incluirle en cualquier tipo de actividad dentro de la manada.

De modo que no se lo pensó y con apenas dieciséis, Phelan empacó sus cosas y se largó. Lykos ni siquiera se despidió de su hijo; su madre le abrazó y le dio unos ahorros que tenía guardados a escondidas de su padre. Su hermano, Lyall, fue el único que le siguió en su coche con la intención de hacerle regresar, para luego acompañarle hasta la estación de trenes más cercana y comprarle un billete hacia la universidad. Dónde sin decirle nada a ninguno había conseguido una plaza en la carrera de informática.

Su vida empezó en ese momento. Allí, en el lugar en el que nadie le conocía, se hizo un sitio. Forjó amigos y tuvo las juergas que no había disfrutado antes. Besó y se enamoró. Y por primera vez, se sintió parte de algo. Y de repente, el no poder cambiar no pareció tan importante.


Lope empujó a Conall contra la mesa de la cocina, se colocó entre sus piernas y descendió a buscar la boca de su pareja. Éste le agarró el pelo y presionó su músculo en el interior de la cavidad del hispano. Mientras comenzaban una lucha de lenguas, Lope empezó a tirar de la camiseta que cubría el torso de Conall con tanto ímpetu que la rompió. Se separaron en busca de aliento.

—Me gusta cuando te pones rudo —farfulló Conall con una sonrisa pícara.

—Aún no has visto nada.

Lope retiró con rapidez el trozo de ropa hecha jirones y forzó un nuevo y apasionado beso. Una de sus manos hizo su recorrido por el pecho de Conall, jugando con sus pezones, a la vez que la otra iba en busca del cierre de los pantalones. Los abrió con la soltura que le daba la experiencia y dejó el miembro de su compañero libre. Conall gimió cuando Lope le dio un buen tirón a su erección, dura como una piedra.

—¡Joder!

Lope no dijo nada. Estaba muy ocupado buscando el punto entre la clavícula y el cuello que volvía loco a Conall. Supo que lo había encontrado cuando su amigo dio un grito ahogado. Sonrió y se dispuso a dejarle una buena marca. Últimamente se sentía algo posesivo, cosa que no parecía molestarle a Conall, el cual gemía incontrolado.

—Te has vuelto muy dócil —dijo Lope travieso.

Conall le miró entornando los ojos, que de pronto se habían vuelto amarillos, y le gruñó. Bajó la mesa de un salto y cogiendo por el cuello de la camiseta a Lope le hizo quedar a su altura, en la que procedió a devorarle la boca. Luego le empujó. Ambos respiraban con dificultad.

—Desnúdate —ordenó con voz profunda Conall, su lobo cerca de la superficie. Lope sonrió y se quitó hasta la última prenda en cuestión de segundos. Conall se acercó al hispano y poniendo sus manos en los hombros le obligó a arrodillarse—. Utiliza esa linda boca, sumiso.

Lope soltó una risita, pero no tardó en obedecer. Sacó la lengua y comenzó a lamer de arriba abajo la polla de Conall. Sus manos acariciaron las piernas desde las rodillas al culo. Abrió los labios y tragó la cabeza del pene, y después continuó. Manoseó las bolas y llevó uno de sus dedos a la entrada de su pareja. Conall agarró el cabello de Lope y empujó, soltando un sollozo. Lope utilizó su lengua para recorrer la erección. Lamió, mordisqueó y besó todo a su alcance. El índice de Lope se introdujo entonces en el trasero de Conall y éste se corrió un par de sacudidas después. El hispano tragó.

Conall cayó de rodillas, suspirando aliviado. Sonrió a su compañero. Le retiró de la mejilla unas gotas de semen y se acercó en busca de un beso. Lope sabía un poco amargo. Sabía a su esencia. Conall manoseó los genitales de Lope y este gimoteó en su boca.

—Adoro tu lengua. Es prodigiosa —murmuró entre besos Conall.

—Sé cómo podemos darle un nuevo uso —comentó Lope y movió las cejas.

Conall amplió su sonrisa.

—¿Cama?


La autopista se abría paso desierta ante sus ojos. Aceleró. Siempre le había gustado la velocidad. Algunas veces, cuando aún era pequeño, soñaba con ser el lobo más rápido. Deseaba tener unas patas poderosas, como las del alfa, y así ganar a todos. Tal vez si hubiera sido de esa forma no habría tenido tantos problemas.

De improviso, una columna de humo surgió delante de sus ojos. Phelan entornó la vista tratando de ver de dónde salía la fumarada. No tuvo que esperar mucho. Justo en el costado derecho de la vía por la que conducía apareció el causante de la nube negra.

Un coche blanco de pequeñas dimensiones estaba aparcado con el capó abierto y con una figura femenina inclinada en el interior. Phelan frunció el entrecejo y paró el coche.

—Hola, ¿necesitas ayuda?

La figura femenina se giró y le miró. Lanzó un suspiro frustrado.

—Por favor.

Phelan asintió y avanzó con su mustang, estacionando detrás del vehículo. Se bajó y fue en busca de la muchacha. La encontró intentando tocar el motor con un trapo blanco enrollado en su mano. Cuando le oyó, se giró hacia él.

—No tengo ni idea de cuál es el problema —dijo quitándose de la cara un mechón de cabello castaño—. He mirado el aceite, el anticongelante e incluso la batería, pero es inútil. ¿Tú sabes algo de coches?

—¿Sinceramente? —preguntó Phelan con una sonrisa—. Absolutamente nada.

—Ya somos dos —dijo la joven y le sonrió de vuelta ofreciéndole la mano—. Mi nombre es Deeann Kelly. Pero mis amigos me llaman Dee.

Phelan alcanzó la suave extremidad de ella y el corazón le dio un vuelco. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Era más tenue que la vez anterior, mas estaba ahí. El aroma casi intoxicante lo envolvió. Observó los ojos miel de Dee y sintió como el nudo en el estómago, que había tenido desde que salió del pueblo, se disolvía.

—Phelan Bardsley. Puedes decirme Phell —Le guiñó un ojo.

Había encontrado una tercera pareja. ¿Los dioses se habían vuelto locos o es que estaba pasando algo y nadie lo sabía aún?

domingo, agosto 26, 2012

Déjate capturar: Capítulo 2

Hello, my beautiful ladies,

Aquí os traigo el segundo capítulo de "Déjate capturar". En él empezamos a conocer al tercer chico en discordia y se presenta brevemente la chica que los traerá de cabeza. También conocemos a otros personajes que serán bastante importantes en los próximos capítulos. 

Pues bien, no os entretengo más, que sé que estáis deseando empezar a leer. 

Un beso grande, ¡a leer!


Capítulo 2


Phelan conducía de camino a las tierras de su manada, que se encontraban en el bosque de Elwood, llamadas así gracias al Anciano que las había adquirido. Nada más y nada menos que el abuelo del que le había hecho la vida imposible durante los quince años que había pasado allí. Cada vez que pensaba en él, Phelan sentía una oleada de odio llano y puro. Aferrando las manos al volante lanzó un largo suspiro. Hacía más de cinco años que había dejado Elwood para no volver y, sin embargo, ahí se encontraba: conduciendo su mustang hacia su peor pesadilla.

Si no fuera porque era la boda de su mejor amigo, quien se casaba “casualmente” con su hermano, jamás habría pensado en ir. Pero Connor había insistido tanto que no había sabido negarse. Phelan se recriminó de nuevo el infame momento en el que decidió presentarlos.

Lyall, su hermano, había ido a la universidad donde estudiaba Phelan a visitarle y echarle un ojo para que la madre de ambos, una nerviosa mujer de nombre Ebony, se quedara tranquila. Ya que Phelan, su pequeño, insistía en que los estudios eran muy duros y no tenía tiempo para gastar en un viaje de ida y vuelta. Así pues, Phelan pensó que la presencia de Lyall pasaría sin ton ni son, pero no fue de ese modo.

Nada más llegar, Lyall revolucionó la universidad. Había que comprender que el lobo medía más de metro ochenta y que su cabello rubio y su dentadura perfecta eran para cortar el hipo, pero de ahí a que en menos de doce horas todo el campus supiera su nombre y de quien era hermano; eso era pasarse de la raya.

Si bien cierto era que Phelan no intentaba destacar, también sucedía que no era un desconocido, y que tenía sus amigos y hasta algunos admiradores. No obstante, lo de Lyall fue como si hubiese llegado la última celebridad de Hollywood. Todos querían saludarle, ser sus camaradas y salir con él. Menos de veinticuatro horas después de la llegada de Lyall, Phelan se vio asediado por compañeros con los que nunca había hablado y algunos a los que jamás había visto de camino a su siguiente clase. De pronto, chicos que se metían con él e incluso chicas que lo rechazaron, le cedían sus lugares en clase, le prestaban lo que fuera que necesitara y alguno que otro había intentado invitarle a comer. Por supuesto, Phelan a la mínima oportunidad huyó despavorido.

Pese a todo y aunque un poco traumático, aquello no había sido lo peor. ¡Ah, no! Lo peor, sin duda, había sido cuando cansado, agotado mentalmente y casi desfallecido entró en la cocina del piso que compartía con su mejor amigo Connor a beber agua y se los encontró a éste y a su hermano jodiendo sobre la mesa como puñeteros conejos. Phelan aún no comprendía como la pobre tabla de cuatro patas se sostenía en pie.

Que después vinieran las explicaciones, los sonrojos de Connor cada vez que le miraba y la sonrisa deslumbrante de Lyall, fue cosa de poco tiempo. Y todavía menos tardó su hermano en reclamar como pareja a Connor, lograr que éste dejara la universidad y que se mudase con él. Casarse sólo era el trámite siguiente.

Al menos su mejor amigo era feliz con Lyall, y aunque Phelan no tenía la mejor de las relaciones con su hermano mayor, se alegraba por los dos. Sólo esperaba que las cosas cambiaran cuando Lyall asumiera la posición como Beta dentro de algún tiempo, y que él pudiera ir a visitar a su madre y a su mejor amigo sin que el idiota del hijo del Alfa le fastidiara a la mínima ocasión.

La radio empezó a perder la señal y Phelan sintió más que vio al coche traspasar la línea de magia antigua que rodeaba a los bosques de Elwood. Casi había olvidado la sensación de poder que te sobrecogía al entrar en los límites de la manada. El estar tanto tiempo fuera había conseguido que la magia olvidase su esencia y al no reconocerlo lo advertía como si fuese un extraño. A los ojos de un humano aquello era lo mismo que la alarma de una casa: cuando accedías sin el permiso de los dueños, ésta empezaba a sonar avisando de que alguien estaba allí. Probablemente para cuando llegara al centro del pueblo, cada habitante estaría allí.

Genial, justo lo que necesitaba: una fiesta de bienvenida. A Silvester le iba a encantar.


Tras conducir durante una media hora más, el claro donde se encontraban las cabañas empezó a verse a lo lejos. Phelan aceleró, si tenía que enfrentarse a la manada mejor que fuera rápido. Las casas de madera parecían algo más viejas, pero permanecían iguales, no habían perdido su toque campestre. Respiró el aire limpio del lugar, y de pronto, recordó lo apacible y tranquilo que se vivía allí. Apagó el motor, puso el freno y expulsó un largo suspiro, descansando la cabeza contra el respaldo del asiento. Tal vez podría relajarse un poco antes de entrar al pueblo.

Pero la calma no duró mucho tiempo.

—Vaya, vaya, mirad a quién tenemos aquí: fenómeno Phelan[1]. —La voz despertó una sensación de temor en el estómago del recién llegado—. ¿Sigues sin poder cambiar, espantajo?

Phelan puso los ojos en blanco. Al parecer los insultos tampoco cambiaban. Resopló y bajó de su coche. Cerró con las llaves y se giró a enfrentar al hijo del alfa.

—Me alegro también de verte, Silvester.

Éste estaba rodeado de su grupo de amigos. O secuaces, depende del punto de vista. Phelan reconoció a Holly, su novia de siempre y ahora prometida; a Ashton, su sombra permanente; y a Nash, el matón del grupo.

—Vester, deja a mi hermano en paz.

Los cinco se volvieron hacia el que acababa de hablar. Era Lyall. Phelan sintió que el alivio lo embargaba. A pesar de que probablemente ni Silvester ni ningún otro le habría tocado un pelo de la cabeza, ya que seguía siendo el hijo del Beta de la manada, Phelan no tenía ni el ánimo ni las fuerzas suficientes para aguantar la sarta de insultos e improperios que habrían seguido de haber continuado la conversación.

Phelan se acercó a Lyall pasando por entre medio del grupo logrando que Nash golpeara su hombro.

—Ya te pillaré —rechinó entre dientes.

Phelan tragó saliva y llegó hasta su hermano, que le pasó un brazo por los hombros.

Había regresado.

Pero eso no tenía por qué hacerle feliz.


Deeann se bajó de su escarabajo blanco, cerrando el coche con llave. Inspiró y contempló su alrededor, admirando la calidad de los verdes que la envolvían. Sus ojos comenzaron a realizar fotografías mentalmente. Cada lugar al que miraba ofrecía una gama de posibilidades. Sonrió. Más le valía a los novios que les gustase posar, porque se encontraba en una fase de inspiración artística y cuando cogiera su cámara no iba a poder soltarla.

Asegurándose su mochila al hombro, se encaminó hacia el bar de carretera. Que era la razón por la que había parado. Tomaría algún refrigerio y luego continuaría su trayecto. Tenía muchas ganas de llegar al pueblo de Elwood. Connor, el chico que la había contratado, le había dicho que el lugar poseía un halo de magia que cautivaba al que lo veía. También le había prometido que le mostraría los alrededores. Se cercioraría de recordárselo.

Puso su mano en el pomo de la puerta de cristal y tiró. El marco de aluminio chirrió al abrirse. Un delicioso olor alcanzó sus fosas nasales y su estómago gruñó. Buscó un lugar en la barra y viendo una banqueta libre, se sentó. Pidió la carta y una camarera de aspecto aburrido se la proporcionó. Viendo las imágenes de las jugosas hamburguesas rodeadas de patatas fritas, su vientre se quejó de nuevo.

Decidió que se tomaría algo más que un tentempié.


Phelan fue llevado por su hermano a la que era su nueva casa. Sus abuelos se la habían regalado, mientras que la decoración interior había sido cosa de los padres de Connor. Suspiró y se preguntó si el día que se casase también le regalarían a él su propia cabaña.

Lyall no había parado de hablar acerca de la boda durante todo el trayecto. Protestando y echando pestes sobre los sinvivires de preparar la ceremonia. Phelan le escuchaba en silencio, con la mirada en el suelo, las manos en los bolsillos y una sonrisita tirante en su rostro.

—Si llego a saber todos los problemas que acarrea el casarse, nunca se lo habría pedido.

—Mentiroso —canturreó una voz que venía del porche delantero de la vivienda.

Phelan observó la construcción; estaba hecha con largos troncos de madera rústica, bruñida en el interior. El tejado a dos aguas[2] estaba fabricado con tejas de pigmento claro, que contrastaba con los listones de color oscuro rojizo del resto del inmueble. De un solo piso, la cabaña contaba con un soportal delantero y otro trasero, algo más pequeño. Y la ventana en la parte más alta, le decía que también tenía azotea.

—Es magnífica —dijo Phelan.

Connor sonrió desde lo alto de las escaleras, reclinado sobre el pasamanos.

—Sí que lo es. Los abuelos de Lyall han sido muy generosos.

El aludido subió los peldaños de dos en dos y abrazó a Connor por la espalda, dándole un suave beso en la nuca. Connor entrelazó los dedos de sus manos con los de Lyall. Phelan se rió al ver la emotiva muestra de cariño.

—Nunca pensé que diría esto —dijo Phelan negando con la cabeza caminando hasta llegar a dónde estaba la pareja—, pero no me dejáis más remedio. Felicidades chicos, me alegro mucho por vosotros.

Su mejor amigo sonrió aún más y le abrazó.

—Significa mucho viniendo de ti.

—Eso no quiere decir que os haya perdonado la escenita de la cocina.

Connor tuvo la decencia de sonrojarse, mientras que Lyall soltó una risotada. El primero le dio un codazo en el lateral, el hombre lobo puso un puchero y los tres acabaron riendo a carcajadas. Connor se sujetaba el estómago, a la vez que Phelan se limpiaba unas lágrimas de los ojos. Hacía tiempo que no se reía tan a gusto. Echó un vistazo al rostro de su hermano y vio con cuanto amor miraba a su mejor amigo. Eso calentó su interior y supo que ambos iban a ser felices.

De repente, Lyall frenó su risa y se quedó mirando un punto a lo lejos. Phelan y Connor le imitaron. Un amplio grupo de adultos de la manada llegaban en comitiva, pasando por el centro del pueblo y entrando en la casa común. Ésta era una gran edificación de una única planta y dentro solían celebrarse asambleas o reuniones con otros clanes, sólo permitiendo pasar a aquellos que estaban acoplados. También se utilizaba para realizar banquetes durante las fiestas y en estas ocasiones, todos estaban invitados.

—¿Qué ocurrirá esta vez? —preguntó Connor.

—No lo sé, pero voy a ir a averiguarlo —respondió Lyall. Besó en los labios a su pareja y se giró hacia Phelan —. Cuídale.

Phelan frunció el entrecejo, aunque asintió con la cabeza. Lyall saltó las escaleras y corrió hacia la congregación. Connor se puso entonces a la altura de Phelan, mirando cómo se cerraban las puertas de la casa común. Se cruzó de brazos.

—Es un asco que no me dejen entrar —murmuró e hizo una mueca.

—¿Pero no estáis acoplados? —inquirió Phelan abriendo los ojos.

Connor negó con la cabeza.

—Soy humano, Phell —suspiró—. Para ellos no soy mejor que tú. Sin ofender —Se apresuró a indicar Connor—. Lo que quiero decir es que para ellos somos inferiores. Tú no puedes cambiar durante la luna llena y yo tampoco. A sus ojos ambos somos escoria. Además, el padre de Lyall me odia.

—¿Padre? No sé porqué no me sorprende —replicó Phelan—. Lyall siempre ha sido su favorito. Cuando era pequeño se jactaba de la perfecta descendencia que tendría gracias a él. Supongo que el que se haya acoplado contigo no debe de haberle gustado un pelo.

Connor sencillamente asintió.

De pronto, las puertas de la residencia común se abrieron y un grupo de hombres salió arrastrando con ellos a otros dos, que acabaron tirados en el suelo. Connor y Phelan vieron de lejos lo ocurrido.

—Oh, mierda —exclamó Connor chasqueando la lengua.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Son Lope y Conall. Llevan intentando entrar en las asambleas desde hace años, pero vuestro padre, Lykos, se niega a admitir al hispano en la manada. Y como además, son incapaces de acoplarse, Conall tampoco puede unirse.

Phelan giró tan rápido la cabeza hacia su mejor amigo que tuvo suerte de no tener un tirón.

—¿Me estás diciendo que Conall y Lope son pareja?

—Si tu pregunta es si se están acostando, la respuesta es sí. Al parecer lo llevan haciendo desde los dieciséis —Phelan le miró de hito en hito[3]—. Si por el contrario lo que estás preguntando es si son una pareja destinada, lo desconozco. Aunque ellos insisten en que lo son. El problema es que su marca de apareamiento siempre desaparece.

—¿Desaparecer? ¿Es eso posible? —Se preguntó más para sí mismo Phelan.

—No tengo idea, Phell. Pero sea lo que sea, les está jodiendo.

Phelan observó cómo Conall tenía una discusión verbal con algunos miembros de la manada y cómo finalmente, Lope y él se daban la vuelta y comenzaban a caminar en dirección contraria. Con seguridad hacia la cabaña de Thamar, la madre de Conall. Cuando pasaron por delante de la casa de Connor, Phelan estuvo a punto de saludarles, pero algo le detuvo con la mano en alto. Su corazón comenzó a latir con rapidez y el mundo se paró. Un maravilloso e irresistible olor le rodeó. Y por primera vez en veintidós años, su lobo interior le habló y sólo dijo una palabra:

¡Parejas!



[1] Phelan se pronuncia [ˈfelən]. En castellano sería algo así como “filan”. De ahí “fenómeno Phelan”.


viernes, agosto 24, 2012

Suave Príncipe

Hola chic@s,
Aquí estoy de nuevo y os traigo una buena noticia. 

Algunas de vosotras me preguntasteis acerca de la historia que dio origen a "Querido, Príncipe". Pues bien, he hablado con Sutton y me ha dado permiso para compartir su historia.

La tiene publicada en Slasheaven y este es el enlace:
 "Suave Príncipe".

De paso os recomiendo que leáis alguna otra historia suya, porque son encantadoras.

Besos y hasta la próxima. 


jueves, agosto 23, 2012

Déjate capturar: Prólogo y Capítulo 1

Buenas, mis maravillosas lector@s.

Hace sólo dos días que he comenzado y ya tengo tan bonitos comentarios. Muchas gracias por eso. 

Hoy vengo a traeros una historia que comencé hace poco. Se llama "Déjate capturar" y es un M/M/M/F. Sé que es un comienzo a lo grande, pero me vino la idea y ya no pude dejar de escribir. Así que espero que os guste. Y por cierto, esta es la primera portada que hago, creo que ha quedado bastante bien. (Ya sabéis alguna falta de ortografía u otra cosa, avisad).

De modo que ser atrevid@s y acompañadme en esta nueva aventura...


Prólogo


Thamar tenía un mal presentimiento. Uno de esos que te hacen un nudo en el estómago, a pesar de que desconoces el porqué. Suspiró, mientras dejaba la cocina para acercarse a la puerta de entrada. La abrió y salió al exterior buscando con la mirada entre el follaje. Ya hacía más de una hora que Conall, su hijo, había ido a correr y aunque nunca le había ocurrido nada, esa noche no era cómo las demás. El bosque abrigaba una perturbadora quietud. Todo estaba demasiado silencioso. No tendría que haber dejado que Conall saliera.

Thamar se abrazó a sí misma. Una brisa helada le puso los vellos de la nuca de punta. Algo iba mal, lo sabía. Escaneó la floresta una vez más. Su loba estaba inquieta. Sentía como se paseaba dentro de ella de un lado a otro. Si hubiera podido habría dejado que su espíritu animal tomara el control para ir a buscar a su cachorro, pero ni su esencia era alfa ni estaba acoplada a ningún lobo y sólo en ambos casos era posible cambiar sin sufrir una agonía espantosa.

De pronto, algo se movió entre los árboles. Thamar bajó los escalones del porche delantero y fijó su mirada en el lugar. Esperando.

Un suspiro de alivio se escapó de su boca cuando los arbustos se abrieron y dieron paso a Conall. Parecía cansado, pero estaba entero. Eso era bueno.

—¡Mamá! ¡Ayúdanos! ―El grito alertó a Thamar que salió corriendo en busca de su hijo, dándose cuenta por primera vez que llevaba sobre su espalda a alguien inconsciente.

—Conall, ¿quién es?

—Me los encontré en el lago.

—¿Los? ¿Hay alguien más?

―Sí, Lynn me estaba siguiendo…

Conall miró hacia atrás, al mismo tiempo que sujetaba más fuerte al cuerpo que transportaba. Thamar advirtió que se trataba de un muchacho de la edad de su hijo, aunque parecía más pequeño. Sólo llevaba la camisa de Conall, por lo que Thamar se apresuró a volver a casa para coger una manta.

—¡Lynn! —Oyó que gritaba su hijo—. ¡Mamá!

—¡Ya voy cariño! —contestó Thamar mientras llegaba a su lado de nuevo.

—Cuídale, iré a buscarla.

Thamar asintió, viendo a su hijo alejarse en dirección a los matorrales. Lo observó desaparecer y luego desvió su atención al chico que estaba sobre la hierba. Su tez morena estaba manchada de tierra, barro y algo que parecía sangre seca. Le cubrió con la colcha y comprobó su temperatura. Estaba algo caliente, posiblemente tuviera un poco de fiebre. Después de hacerle un chequeo rápido comprobó que no tenía ningún hueso roto, pero había unas cuantas heridas que necesitaban ser curadas.

La mujer estiró su cuello cuando escuchó pasos. Conall se acercaba a ella trayendo consigo a una chiquilla de aspecto frágil y asustadizo. Sollozaba, agarrando fuertemente un objeto entre sus brazos. Thamar se urgió en llegar a su lado, haciéndose cargo de la situación. Las preguntas vendrían después.

—Conall llévale a casa y mételo en la bañera —El chico asintió y ella se giró hacia la pequeña niña—. Querida, todo irá bien. Estás a salvo ahora —Thamar habló con la voz más dulce que supo poner, al tiempo que se acercaba con lentitud—. Te llamas Lynn, ¿no es así?

—Sí —susurró entre hipos.

—Muy bien, Lynn. ¿Quieres comer algo? Tengo galletas y bizcochos recién horneados.

Thamar le ofreció su mano con una sonrisa en el rostro y esperó. La chica levantó su cara surcada en lágrimas y suciedad, y corrió a los brazos de la mujer. Thamar la envolvió con fuerza y le acarició la cabeza, murmurándole palabras de consuelo.

—Todo va a ir bien a partir de ahora, ya verás —dijo Thamar con seguridad, mientras la llevaba al interior de su vivienda.

Capítulo 1


Conall se despertó con la sensación de estar pegajoso por todas partes. Parpadeó varias veces antes de abrir por completo sus ojos azules. Miró a su alrededor. Todavía estaba oscuro, pero podía distinguir las paredes de su habitación llenas de posters de Simple Plan y de Guns N’ Roses. Bostezó y se desperezó. Notó entonces que algo se movía tras él, murmurando palabras que no llegó a entender. Sonrió cuando un brazo rodeó su cintura y lo estrechó contra el cuerpo musculoso que dormía a su lado. Se dio la vuelta y antes de poder hablar, unos labios apresaron los suyos en un apasionado beso mañanero.

―Buenos días ―dijo Conall mirando a su compañero de cama.

―… días ―le contestó éste.

Conall se rió entre dientes, Lope no era un hombre de mañanas. Nunca lo había sido. Desde que a los trece años Conall los encontrara a él y a su hermana gemela Lynn en el bosque de la manada, habían sido inseparables. Y cuando al cumplir los diecisiete, que era cuando un hombre lobo maduraba, habían descubierto que eran pareja, supieron que era el destino. Conall no conocía a nadie como conocía a Lope, y Lope le comprendía a él como otra persona u hombre lobo no podría haberlo hecho jamás. Dónde iba uno, iba el otro. Lynn siempre bromeaba diciendo que los gemelos eran ellos dos. Por eso, Conall sabía que Lope no era madrugador: era un ser nocturno. Podía trasnochar hasta el alba, pero al primer rayo de sol se iba a la cama hasta la hora de la comida. Sin embargo, él adoraba levantarse temprano y ver el amanecer desde el tejado.

Eran ese tipo de cosas las que los hacían perfectos el uno para el otro. Sólo había un problema. Y es que, aunque habían intentado acoplarse en más de una ocasión, el apareamiento no parecía durar más de unas pocas horas. Conall se estiró en su cama con la mirada perdida el techo. ¿Y si nunca lograban realizar el enlace? ¿Y si al final tenían otras parejas? Miró hacia Lope, sorprendiéndose al darse cuenta de que éste ya le estaba observando.

―Te preocupas demasiado ―susurró Lope con voz ronca.

―Y tú demasiado poco ―sonrió Conall y después soltó un gemido cuando una mano cogió su miembro y empezó a acariciarlo de arriba abajo. 

Cerró los ojos al ver que Lope desaparecía bajo las sábanas y engullía su erección matutina de una vez. Agarró los postes de la cama con la intención de no apresurar a su pareja, mordiéndose la lengua para no gritar. Sabía que con enterrar sus dedos en el cabello azabache de Lope lo tendría dispuesto y abierto para poderle follar la boca a la velocidad que quisiera. Y aunque le encantaba la sensación de correrse en la garganta de su pareja, esa mañana necesitaba algo más.

―¡Oh, Dios! ¡Para! ―exclamó.

Conall retiró de golpe las sábanas que cubrían sus cuerpos desnudos. La erótica vista de Lope tragando por completo su pene casi le hizo venirse.

―Ven aquí arriba ―gruñó Conall.

Lope sonrió y con un último lametón se colocó sobre el cuerpo de su compañero. Ambos gimotearon con la sensación de sus dos pollas juntas. Conall alzó una mano y rodeó la nuca de Lope, juntando sus bocas. Era un beso exigente. La lucha de sus lenguas demandaba un ganador. Y las manos manoseaban y pellizcaban todo lo que encontraban a su paso. Lope se separó, comenzando a besar el cuello expuesto de Conall.

―Nunca me dejas ganar, ¿por qué ahora sí? ―preguntó entre lamidas y mordiscos.

―Quiero que entres en mí ―dijo Conall contemplando el techo con la mirada perdida.

Lope le cogió de la barbilla y sus ojos coincidieron. Negro contra azul en un duelo de miradas. El moreno frunció el entrecejo. Quería saber qué demonios estaba pasando.

―Nunca me habías dejado estar arriba.

Conall suspiró, acariciando con el dorso de su mano la mejilla de su amigo. Veía todas las preguntas acumulándose en la cabeza de su amante.

―Entonces creo que es el momento.

―Yo pensé… ―Lope negó con la cabeza sentándose a horcajadas sobre el regazo de su pareja.

Entonces fue la ocasión de Conall de arrugar el ceño.

―¿Qué fue lo que pensaste? ¿Qué siempre serías el de abajo? ¿Qué nunca te dejaría entrar en mi culo? ―prorrumpió con una exhalación. Sobre él, Lope asintió―. ¿Porqué?

―Tú nunca querías que yo estuviera en ti. Varias veces he intentado introducir mis dedos, pero te tensas y te pones flácido. ¿Qué querías que pensara?

Lope se bajó de la cama y se volvió hacia la ventana, por donde ya despuntaba el día. Se apoyó en el marco y se quedó en silencio. Conall sabía que había hecho mal en guardarse esa parte para sí mismo, pero no tenía ninguna idea de cómo hacerle frente. Se masajeó el rostro con las palmas de las manos y entre sus dedos observó su pene, que aún se mantenía dignamente en pie, y decidió que era hora de terminar el asunto. Se levantó, yendo hacia su compañero de juegos, le rodeó con sus brazos, bajando una mano en busca de su miembro dándole un suave apretón y le susurró al oído:

―Estoy cagado de miedo. Siempre lo he tenido. Ya sabes lo mucho que odio el dolor ―Lope miró con la boca abierta el rostro abochornado de Conall.

―Yo nunca te haría daño.

―Lo sé ―respondió hincándose de hombros―. Y también sé que es una tontería, un miedo infundado porque veo cómo lo disfrutas tú, pero… está ahí.

Lope no tenía palabras para describir lo feliz que se sentía. De modo que se lanzó a los brazos de su pareja y le besó con tanta fuerza que cayeron en la cama. Una risotada se escapó de entre sus labios. Conall era tremendamente independiente y pocas veces confesaba que algo le daba miedo. La fogosidad que habían sentido antes se despertó de nuevo y pronto regresaron los gemidos y los juramentos a retumbar por la habitación. Lope devoró la boca de su amante, mientras éste amansaba su culo, el cual no podía dejar de tocar cada vez que estaba cerca. El hispano abandonó el beso, comenzando a lamer un camino entre el cuello y el pecho.

―Bueno, ¿cómo me quieres? ―murmuró entre quejidos Conall.

―Te prometo que será la mejor follada del universo ―dijo un muy sonriente Lope.

―Y la primera de muchas.

―¡Oh, joder! ¡Sí!

Conall estalló en carcajadas notando el entusiasmo de su amante, que continuaba lamiendo su punto débil justo en la clavícula. Suspiró de gusto y soltó un gimoteo de abandono cuando Lope se incorporó para buscar el lubricante. No estaba muy lejos, siempre lo dejaban sobre la mesita de noche. Las dos otras habitantes de la casa sabían de su relación, así que no había nada que esconder. Lope abrió el bote de aceite y golpeó el costado de Conall.

―Voltea y culo arriba.

Conall sintió una ola de placer recorrer su cuerpo al escuchar el sexy acento español que se le escapaba a su pareja cuando se ponía en plan jefe. Tendría que dejarle ponerse al mando más a menudo. Un chorro de un líquido frío se derramó entre sus nalgas y Conall enterró su cara en la almohada que tenía delante. No había que pensar, sólo había que sentir.

―Aún puedes echarte atrás.

Sorprendido, Conall encaró a Lope.

―Como te atrevas a parar, juró que no te follaré en un mes ―No había terminado de hablar cuando el primer dedo se introdujo dentro de él. Conall lanzó un grito de asombro y se mordió el labio. La sensación no era mala. Sólo extraña. Movió su trasero y el segundo dedo llegó. El truco de las tijeras que tantas veces había utilizado en Lope comenzó a preparar su culo. Y entonces Lope tocó un punto en su interior y Conall aulló.

―Ahí estás.

Sin dejar de tocar el punto mágico, Lope metió el tercer dedo. Para ese momento, Conall gemía incontrolado, rogando a voces.

―Lope, joder, ¡hazlo ya o no duraré!

No se hizo de esperar, sacó sus dedos, empapó bien su miembro con lubricante y de una estocada se introdujo en el interior de su amigo. Un rugido se escapó de su garganta. Era el cielo. Apretado, húmedo y caliente. Sobretodo esto último. Lope rezó para aguantar lo suficiente hasta que Conall le diera permiso para moverse. Imploraba que no tardara mucho. Cerró los ojos. No creía poder hacerlo.

Efectivamente, Conall empezó a sacudirse y Lope lo tomó como señal. Salió casi al completo y después volvió a entrar. Lo repitió varias veces, hasta que un bramido de su pareja de dio a entender que había encontrado el ángulo correcto. Y comenzó un vaivén dentro de la cavidad cada vez más rápido. Vio cómo Conall se agarraba a los postes de la cama y notó cómo se empujaba contra él en busca de una mayor profundidad. Las gotitas de sudor surcaban su espalda. Sacó la lengua y le lamió la columna, abajo su amigo gimió.

Los colmillos comenzaron a salir y Lope supo que había llegado la hora. Cogió a Conall por el pelo y de golpe dejó su cuello libre. Le mordió justo en el lugar que sabía que su amante adoraba logrando que éste se derramara, al mismo tiempo que se corría dentro de él. Y por primera vez, el nudo de su pene se extendió hasta la próstata de su pareja. Lope gruñó tragando el suave almíbar. Ambos tuvieron un segundo orgasmo que se prolongó aún más que el primero y cayeron inconscientes el uno encima del otro.


Les despertaron unos golpes en la puerta.

―¡Chicos! ¡Es la hora de la comida! ¡Levantad vuestros culos de la cama o entraré ahí y robaré el lubricante! ―Lynn estaba utilizando esa molesta voz aguda que tanto odiaban, mientras daba porrazos con excesivo entusiasmo. Conall y Lope gruñeron estirando sus engarrotados miembros, pero no se levantaron―. ¡Voy a entrar!

―¡Ya! ¡Ya! ¡Danos diez minutos! ―gritó Lope con voz pastosa―. Pesada entrometida ―susurró después.

―¡Te he oído!

Ambos muchachos refunfuñaron. Con un poco de dificultad, ya que su cuerpo parecía pesar el doble, Lope sacó su miembro flácido del interior de Conall y se tumbó a su lado. Lanzó un quejido, pero no se movió. A su costado, su compañero de cama se levantó, escapándosele un gemido. El hispano se volteó hacia él.

―¿Duele mucho?

Conall le sonrió.

―Es un buen dolor, sólo tengo que acostumbrarme… ―Entonces notó que algo se le escurría por entre las piernas y su primer pensamiento fue que hacía mucho tiempo que no se orinaba encima.

Lope se rió entre dientes mirando lo mismo que Conall. Lo señaló y dijo:

―Creo que eso es mío.

Conall levantó una ceja.

―No tiene ninguna gracia. Se supone que yo soy el alfa en esta relación. Y los alfas no permiten que el semen de sus compañeros riegue sus piernas hasta el suelo.

Lope salió de la cama soltando una carcajada, alcanzó a su amigo y le abrazó rodeándole la cintura, agarró su culo y le dio un fuerte apretón. Luego le besó, introduciendo su lengua en la boca de su pareja y logrando que gimiera. Conall le pasó los brazos por el cuello y sus dedos acariciaron el cabello negro ébano. Lope le estrechó contra sí haciendo presente sus buenos diez centímetros de más y besó su nariz, en un gesto divertido. Enterró su cabeza en el cuello de Conall y éste se relajó contra él.

―Ambos sabemos que eres el alfa siempre, pero en nuestra cama somos iguales ―musitó contra su clavícula lamiendo su marca de apareamiento, antes de que ésta desapareciera―. Además, admite que estás deseando mi semen en tu culo otra vez ―Y para remarcar sus palabras empujó su pene duro contra el de Conall que empezaba a despertase.

―Hijo de puta ―gruñó Conall besándole con fuerza tirando del cabello de Lope hacia abajo.

―Sí, ese soy yo, tú irresistible hijo de puta.


Lynn estaba terminando de poner la mesa. Ese día había cocinado lo único que sabía hacer: pasta. Tarareaba cuando escuchó pasos. Hizo una mueca cuando los vio acercarse en medio de besos y toqueteos.

―¡Buscaros una cama! ―exclamó haciéndose la ofendida.

―Tú nos has sacado de ella, querida hermana ―replicó Lope cuando se acercó a darle un beso en la mejilla a su hermana gemela. Ésta soltó una risita.

―Sólo me pareció extraño que Conall no se hubiera levantado, él siempre es el primero en desayunar ―explicó colocando los platos rebosantes de macarrones con tomate delante de cada comensal—. Por cierto, mamá ha ido a la reunión del Consejo de Ancianos. Dijo que fuerais a recogerla en la tarde —Los chicos asistieron y comenzaron a comer de inmediato. Lynn rodó los ojos y negando con la cabeza, se sentó en su lugar. Abrió su servilleta y la colocó sobre su regazo, después se fijó en Lope y Conall, que seguían engullendo, notando algo raro. Olfateó a su alrededor y clavó sus iris negros en el cuello de Conall―. ¿Ha pasado lo que creo que ha pasado? ―preguntó abriendo los ojos de par en par.

Conall frunció el entrecejo al advertir que Lynn miraba con firmeza su garganta. Se pasó una mano por la zona queriendo esconder lo que fuera que la gemela de su pareja estaba viendo, cuando una oleada de placer hizo que casi se derramara en sus pantalones. Lope sonrió, colocando su mano sobre el erecto pene. Conall le lanzó una mirada furibunda.

―¿Es que no te cansas?

―Nunca ―dijo con suficiencia acercándose para besarle.

―¡Oh, por favor! ¿Es que no os dais cuenta? ¡Estáis soltando feromonas de apareamiento! ―Ambos la miraron asombrados. Lynn se tapó la nariz―. Me estoy asfixiando por aquí. ¡Largaros a follar antes de que me desmaye!

Ninguno se lo pensó dos veces, saltaron de sus asientos y corrieron hasta su habitación. Instantes después gemidos y gritos llenaron el comedor. Lynn decidió que escucharía algo de música mientras comía sus macarrones. Se llevó el tenedor a la boca y sollozó. Era una jodida experta en hacer pasta. Tal vez debería pensar en abrir un restaurante.


Conall y Lope se tumbaron de espaldas sobre la cama, mientras esperaban a que sus respiraciones se normalizaran. Conall sonrió, después de tantas preocupaciones por fin podía estar tranquilo. Lope era suyo y sólo suyo, y nada podría separarles. Se giró hacia su pareja de vida y le arrastró a sus brazos. Éste colocó su cabeza sobre su hombro con un suspiro satisfecho. Había sido una buena follada. Conall no había permitido que Lope se corriera hasta el último momento y cuando el nudo se había extendido desde su pene hasta la próstata de Lope, ambos se habían venido como nunca en su vida.

―Aún no me lo creo.

―Créetelo Conall ―dijo Lope con decisión―, créelo.

Conall se echó a reír al escuchar la voz de su pareja en su mente. La felicidad lo inundaba todo. Y él no podía desear nada más. 



Para todos aquellos que hayan llegado hasta aquí, primero quiero darles las gracias y segundo, decirles que he preparado una guía del universo de Unión Divina. Todos aquellos que no sepan si continuar o no, les sugiero que se pasen por allí, que la lean y que luego decidan.


Muchos besos y espero que continuéis conmigo en esta fabulosa aventura.

martes, agosto 21, 2012

Querido, Príncipe

¡Hola!

Aquí estoy de nuevo. Y para empezar con buen pie, voy a publicar una pequeña historia que tenía por ahí guardada un buen amigo a quién se la regalé. Yo la había perdido, tisk, mea culpa.

El relato está basado en uno que hizo este amigo mío y que trata de unos cambiaformas gatos que tienen que visitar el mundo humano para conseguir pareja. Tal vez algún día le convenza para que la publique porque es muy bonita. 

Bueno, no os entretengo más. Aquí os la dejo, espero que os guste. 

Por cierto, las imágenes pertenecen al manga Love Neco. He dejado los créditos porque me parecía mal quitarlos. Ya sabéis el trabajo es el trabajo.


Querido, Príncipe 


            Si había algo que le gustaba a Swing, eso era callejear. Merodeaba por las calles en busca de trozos de pescado que la gente tiraba o para robar el bocadillo a algún transeute despistado. De vez en cuando, gustaba de sentarse a mirar a las parejas que paseaban por la acera o de dormirse en un banco junto a hombres con sombrero que leían el periódico.

Otras veces, solía ir a visitar a Fifí, la coqueta gatita de pelaje blanco que pertenecía a la dueña de la mansión de la esquina. O saltaba de tejado en tejado junto al alegre y saltarín Jingle, el gato de un músico que vivía en la azotea del piso nº 22. Pero sin duda, había una compañía que Swing disfrutaba más que cualquier otra: la de la refinada e intelectual Blackie.

Blackie vivía en la zona céntrica de la ciudad, justo delante de un parque. Su dueña, era una joven muchacha de nombre Marina. Trabajaba como traductora en una editorial, pero lo que a ella realmente le gustaba era escribir. Swing lo sabía porque, a veces, Marina les leía a él y a Blackie alguna cosa que tuviera escrita. Pero que nunca, nunca, intentaba publicar. Al principio, Swing creía que era porque Marina tenía miedo a que le rechazaran la publicación. Pero Blackie, que era más lista, había dado en el clavo: a Marina no le gustaban sus propias historias.

Según la gata, que la había oído hablar por teléfono con algún compañero de trabajo o alguna amiga, Marina siempre sentía que había algo que fallaba en el cuento: o no terminaba de ver el entorno o no encajaban los personajes o la historia no tenía trasfondo. Nunca se contentaba y cambiaba tantas veces los nombres de los protagonistas, los lugares donde se situaba la acción y la narración de la novela, que acababa por cansarse y la dejaba. Quedando olvidada entre los archivos de su ordenador junto a unas cincuenta más.

Swing no comprendía a Marina. A él le gustaba como escribía. Y podía constatar que a Blackie también, pues siempre escuchaba embelesada todo lo que le decía su dueña. ¡Ojalá también tuviera un dueño la mitad de bueno que Marina! A menudo, Swing envidiaba la suerte de Blackie. ¿Cuántos dueños te dejaban tumbarte a su lado en el sillón mientras veían la tele? ¿O te dejaban dormir con ellos a los pies de la cama? ¿Cuántos te cogían en brazos y te acariciaban sin importarles si dejabas pelo en su ropa? ¿Y cuántos te llevaban al veterinario al mínimo síntoma de malestar? Muy pocos según la experiencia de Swing, que no era poca.

***
           
Esa noche había tormenta. Se dirigía a toda velocidad al único sitio en el que sabía que le darían refugio.

Swing aterrizó sobre el alfeizar de una ventana. La lluvia golpeaba el cristal, mientras el gato de pelaje leonado esperaba fuera. Unos maullidos empezaron a sonar en el interior del piso. Blackie ya se había dado cuenta de su presencia, sonrió interiormente Swing.

―¡Oh, Dios mío! Swing, ¿qué haces ahí afuera?

Y Swing quiso contestar a la pregunta que Marina le hacía mientras le introducía en su casa y le secaba con la misma toalla con la que minutos antes ella se secaba el pelo. Cruzó una mirada con la gata. Blackie le observaba atenta, con sus ojos de color zafiro. Le advertía. “No podemos hablar con humanos, ¿recuerdas?”, decía su mirada. A la vez comprensiva y dolida. Swing agachó la cabeza y lamió la mano de Marina. Ella le dio un beso entre las orejas.

―Seguro que no has cenado nada, Swing. ¿Quieres un poco de atún? ―Un maullido y la contestación era inmediata―. Supondré que es un sí.

Swing la siguió a la cocina, con Blackie detrás.

***

Marina ya dormía. La tormenta continuaba tras la ventana. Y sonaban las doce. Blackie apareció deslizándose por el pequeño hueco que había entre la puerta y el marco. Una figura masculina y desnuda la esperaba sentado en el sillón. La piel cetrina, contrastaba con el cabello castaño y los ojos miel. Apagó la tele y la miró.

―¿No piensas transformarte, Blackie?

La gata se sentó, cual estatua egipcia y parpadeó varias veces. Movió los bigotes y abrió la boca. Y comenzó a cambiar. El cuerpo de la gata empezó a crecer, el pelo negruzco que la cubría se cayó. Las orejas picudas dieron paso a una melena morena hasta la cintura y los bigotes y la cola desaparecieron. Allí estaba, una estampa femenina con un rastro de pelo negro a sus pies.

―¿Me has echado de menos, hermanito?

La joven, también desnuda, se sentó al lado del otro muchacho. La piel casi traslúcida, unas curvas modestas y una sonrisa encantadora. Swing besó a su hermana en la frente.

―Por supuesto, Blackie. Mi preciosa Princesa ―Ella sonrió―. ¿Dónde crees que puede estar nuestro hermanito pequeño, Swing?

―A saber. Imagino que buscando refugio.

La chica asintió conforme. Se apoyó en el pecho de su hermano y suspiró. Éste la abrazó y se recostó en el sofá. Comenzó a pasarle los dedos por el pelo largo, liso y negro. Ella ronroneó.

―Cuándo aceptará un nombre, Swing? Porque sólo falta él. En cuanto se lo pongan tendremos que regresar.

―No lo sé, Blackie, no tengo la menor idea. Supongo que cuando sienta que es el adecuado ―La chica rió desde su posición―. ¿Cómo se tomarán Marina y tu estudiante que les llevemos a un mundo que no es el suyo?

Swing sonrió frente a la pregunta de su hermana.

―No sé cómo se lo tomará Sam, pero sí sé que tu Marina se sorprenderá mucho.

Los dos se echaron a reír.

***

A Swing le dieron el nombre por casualidad. Como es muy sociable y le gusta la gente humana, siempre intenta estar rodeado de pies.

Fue un día cualquiera de abril. Que como dice el refrán: en abril, lluvias mil. Pues bien. Swing, que por entonces aún no tenía nombre, paseaba tranquilamente por el parque que esta justo en frente de la casa donde más tarde se iría a vivir Marina. Saltaba de un banco a otro y curioseaba lo que hacía la gente. Se metía entre los periódicos y sus dueños, les robaba algo de comida a los que hacían picnic y jugaba con los niños a la pelota. Los mayores sólo reían, un gato con un pelaje tan suave y tan bien cuidado… ¡Bah! Debe ser de alguna vecina de aquí cerca. ¡Que suerte para Swing que a nadie se le hubiera ocurrido preguntar!

Y entre risas y jugueteos y robos de salchichas y saltos sobre periódicos, comenzó a llover. Y todo se acabó. Las madres cogieron a sus hijos de las manos y corrieron a casa o al coche donde les esperaban los maridos impacientes. Los hombres con periódico lo doblaron y lo usaron de paraguas, mientras se ajustaban las gabardinas y echaban a correr en busca de un taxi o de su auto. Las familias que hacían picnic hicieron un saco con el mantel y sin ni siquiera guardar la comida fueron yéndose hacia la salida del metro. Sólo una pareja de jóvenes se quedaron allí, en el parque, besándose y riendo. Swing los miraba, escondido bajo un banco. Hasta que ya la lluvia era muy fuerte y ellos también se fueron.

Allí se quedó Swing, mojándose el pelaje y las patas. ¡Qué desagradable sensación! Miró al cielo y una gota le cayó sobre la nariz y le hizo salir despavorido hacia un portal seco. Se agachó y se quedó quieto. El portero miró hacia el gato, pero no dijo nada y continuó como si no le hubiera visto. Al menos, todavía quedaban buenos samaritanos entre los porteros. Y entonces cerró los ojos y deseó que la lluvia cesara pronto.

Al cabo de un rato, el ruido de un coche le hizo abrirlos. Sus ojos color miel se encontraron siguiendo a un pequeño bulto que corría hacia allí envuelto en una trenca negra. Se irguió sobre sus patas, como movido por un resorte, pero permaneció en su sitio. La figura llegó al portal y se quitó el sombrero que llevaba. Saludó al portero.

―¿Cómo le va, Sto. Samuel? ¿Todo bien en la escuela?

El niño, de unos trece o catorce años, sonrió y se fijó entonces en el gato. Se agachó y lo acarició, luego entró en el portal con Swing detrás.

Subió en el ascensor, antes de que el portero pudiera cogerlo.

―¡Yo lo bajaré! ―le gritó el niño al portero mientras se cerraban las puertas, cuando éste exclamó que no se podían entrar animales de la calle.

El chico se agachó junto al gato y volvió a acariciarlo. Swing ronroneó y se dejó querer. Y sin previo aviso, el niño lo cogió en brazos y se lo metió entre las ropas.

―Así, nadie te verá ―dijo.

Traspasó las puertas del ascensor. Una alfombra color almendra recorría el pasillo. El gato podía sentir los latidos acelerados del niño, que corría hacia la puerta de su casa. Swing lamió la mano que lo sostenía e, inmediatamente, el chico pareció relajarse.

Llamó al timbre, le abrió una criada. Trotó de nuevo hacia dentro, sin dejar que la chica le quitara el abrigo ni los zapatos. Llegó a su cuarto, uno grande, de esos que tienen balcón. Dejó a Swing en el suelo y lo instó a meterse bajo la cama. Después llegó la criada y le riñó por haber ensuciado la casa con las suelas llenas de barro. Tras un rápido baño y un cambio de ropa, el chico regresó a la habitación. Encontró al gato en la misma posición y lugar donde le había dejado. Sonrió.

―Tú también estás solo, ¿verdad? ―dijo mientras lo subía a la cama con él y se lo ponía entre las piernas. Comenzó a acariciarle entre las orejas―. Menos mal que Mauricio te ha dejado estar en el portal. Es un hombre bueno, ¿sabes? Antes trabajaba en un gran hotel de cinco estrellas ―El rostro del niño se entristeció―. Pero se hizo viejo y le despidieron ―Hizo una pausa―. Yo hablo mucho con él ―continuó―, no tengo amigos, así que él me enseña y me cuenta cosas ―El niño frunció el entrecejo―. ¿De verdad se puede ser viejo a los 40? Porque mamá murió con treinta y dijeron que era muy joven para morir.

»Yo no la recuerdo, era muy pequeño cuando murió. Pero sé que era muy guapa por las fotos que tiene papá de ella ―El gato le restregó la nariz por la mano y después por el cuello. Ya había encontrado a su humano. Sólo tenía que esperar que le diese un nombre y que creciera un poco. El niño, llamado Samuel, rió alegre―. No tienes collar, por lo que no tendrás un nombre. ¿Te parece si te pongo uno? ―Como respuesta, el gato restregó su lomo en el pecho del niño. Éste paseó su mirada por la habitación, pensativo, hasta que se quedó mirando fijamente un póster que tenía colgado en la pared―. Te llamaré Swing, como la música que le gustaba a mamá.

Y a Swing le encantó su nuevo nombre.

El padre del chico no había permitido que Swing se quedase con ellos. Dijo que los gatos eran sucios y se escapaban en cuanto podían. De modo que entre lágrimas y llantos, el niño tuvo que dejar ir a Swing. Pero el gato no se fue muy lejos, todos los días por la noche iba a visitarlo y se quedaba a dormir con él. ¡Cuánto deseaba que el niño creciera rápido! Para podérselo llevar y hacerlo suyo. La espera fue lenta y no pocos los palos que se llevó. Pero dos años después obtuvo su recompensa, cuando se dejó ver con figura humana y se acercó a la cama de su joven amo. Al principio el chico se sorprendió y lloró al escuchar las palabras de quién lo conocía todo sobre él.

Swing sonrió cuando por fin pudo probar como sabían los labios de su querido príncipe Samuel. 


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